La Otorrinolaringología en los tiempos del COVID-19

La pandemia que estamos viviendo tiene como responsable a un virus de la familia coronavirus denominado SARS-CoV-2 (SARS es el acrónimo inglés de “síndrome respiratorio severo agudo”). Nos encontramos ante un organismo con forma esférica, de unos 500nm de diámetro, compuesto por una hélice simple de ARN y una cubierta con terminales proteicos (proteína “S”) que le da ese aspecto tan característico de “corona”. Se conocen hasta 7 tipos de coronavirus diferentes capaces de infectar a los seres humanos . Tres ya han hecho su aparición en el S.XXI causando brotes importantes de neumonía mortal: el SARS-Cov-1 en el año 2002, el MERS-Cov en el 2012 y a finales de 2019 en la provincia China de Wuhan, el nuevo coronavirus responsable de la actual pandemia, el SARS-Cov-2 ó COVID-19 (coronavirus disease 2019) .

El sistema inmunológico, que es “la policia “ del cuerpo, en un intento por combatir al coronavirus, se moviliza de forma masiva y “saca toda su artillería” (como lo haría cualquier ejército ante un enemigo desconocido y poderoso) con la consiguiente liberación al torrente circulatorio de unas sustancias químicas (citoquinas), que tienen la misión de bloquear a los enemigos externos que nos atacan como los virus o las bacterias. En algunos pacientes, las citoquinas son liberadas en tal cantidad y tan rápidamente que nuestros propios tejidos resultan dañados de forma “colateral”. Es como si en una guerra lanzáramos misiles para combatir al enemigo que ataca nuestro país y en el intento por defendernos, acabáramos destruyendo nuestras propias ciudades.

El pulmón es el órgano diana del COVID-19. Los alvéolos son unos “saquitos” que se encuentran al final de los bronquiolos y es allí donde se realiza el intercambio de gases (oxígeno desde los alvéolos hacia los capilares y dióxido de carbono en dirección contraria) que nos permite oxigenar los tejidos del cuerpo. El COVID-19 favorece la formación de unas “membranas” que bordeando a los alvéolos, dificultan la difusión del oxígeno hacia la sangre, con la consiguiente hipoxia (déficit de oxígeno en la sangre), además, la situación suele complicarse con una neumonía por sobreinfección bacteriana (aparte de la propia neumonía provocada por el COVID-19).
Pero el COVID-19 no sólo ataca al pulmón. Casi todos los órganos de nuestro cuerpo se ven afectados en mayor o menor medida, siendo frecuentes las alteraciones en la coagulación de la sangre o los daños que recibe el corazón (miocarditis).

En el 80% de los casos la enfermedad será leve o incluso asintomática, en el 20% será mas o menos grave pudiendo requerir ingreso hospitalario y en el 5% , se hará necesario el ingreso en la UCI. Los pacientes que evolucionan de forma grave suelen ser las personas mayores y enfermos con patologías crónicas como la hipertensión arterial, alteraciones cardíacas, diabetes y con obesidad. También han fallecido jóvenes sin enfermedades previas, posiblemente debido a los “efectos colaterales” fruto de la gran “tormenta de citoquinas” liberadas por el sistema inmunológico en un intento por erradicar al virus, como comentábamos anteriormente.

Curiosamente, uno de los síntomas iniciales atribuibles al COVID-19 es la anosmia (pérdida de olfato), por eso, muchos pacientes consultan con el Otorrinolaringólogo en las fases iniciales de la enfermedad. No es infrecuente que un virus provoque disminución o pérdida de olfato dentro de sus manifestaciones clínicas, de hecho, los rinovirus que causan el “resfriado común” o el virus de la gripe, pueden provocar anosmia pasajera o incluso permanente en los pacientes infectados. La razón que explica por qué algunos virus son causantes de pérdida de olfato es porque en el techo de las fosas nasales se encuentran las terminaciones nerviosas que codifican el sentido químico del olfato. Éstas fibras tienen unos receptores de membrana a los cuales se anclan los virus (rinovirus, N1H1, coronavirus) provocando un bloqueo que impide que las sustancias odoríferas activen dichos receptores (que ya está ocupados de forma temporal ó irreversible por los virus). Por poner un ejemplo, imagínese el lector que las fibras nerviosas son como puertas que tienen que ser abiertas para poder percibir un olor concreto y cada puerta tiene una cerradura que se abrirá con el correspondiente olor, que es la llave que abre la cerradura. Pues bien, el virus actúa como si metiésemos silicona en las cerraduras de las puertas y de ese modo ninguna llave es capaz de abrirlas.
Actualmente se está barajando la posibilidad de tener en consideración la disminución del olfato (hiposmia) o la ausencia total del mismo (anosmia), como marcador diagnóstico de COVID-19, pero todavía es pronto para sacar conclusiones en este aspecto.
El COVID-19 ha venido para quedarse, mi impresión personal es que tenemos que aprender a convivir con él y que sólo la vacuna nos hará “libres”. Venceremos, pero tenemos que recorrer un largo camino hacia la libertad.

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